Proyecto Faq Mola y Sanjurjo: conspiradores al acecho

sábado, 11 de febrero de 2017

Mola y Sanjurjo: conspiradores al acecho



Mola y Sanjurjo: conspiradores al acecho (Bellum ómnium VI) - Falsaria.com: Durante el llamado «Bienio negro» (1934-1936), y sobre todo después de la Revolución de octubre (1934), protagonizada por los mineros de la cuenca astur-leonesa, los gobiernos de la derecha (radicales de Alejandro Lerroux y miembros de la CEDA) se juramentaron en frenar y dar marcha atrás a todas las políticas de reformas llevadas a cabo por las izquierdas republicanas. Las elecciones de octubre de 1933 habían entregado el poder a una derecha decidida a vengar las «afrentas e indignidades» que consideraba había sufrido a manos de la República. Y entre todas ellas, la cuestión de la autonomía regional y las reformas militares emprendidas por Manuel Azaña, figuraban en el punto de mira de los generales y los ministros afines a los postulados del Ejército.

De hecho, cuando el líder de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) José María Gil Robles, accedió a la cartera del Ministerio de la Guerra, se dedicó a depurar el Ejército de oficiales leales a la República, y designó a conocidos generales descontentos con el régimen, para ocupar los cargos de mayor responsabilidad y mando sobre las tropas. Así, Francisco Franco, fue nombrado jefe del Estado Mayor General; Manuel Goded, inspector general del Ministerio; Joaquín Fanjul, subsecretario de Guerra, y Emilio Mola, jefe del Ejército de África. Estos cuatro hombres, mediante varias iniciativas, como la reorganización de los regimientos y Capitanías generales, la mecanización y modernización del armamento, o la potenciación de la Legión y las tropas coloniales, prepararían de forma eficaz al Ejército español para responder a cualquier provocación procedente de las enardecidas masas revolucionarias, es decir: el verdadero enemigo al que temían por igual las clases altas y medias de la sociedad española.

Desconfiando profundamente de la democracia parlamentaria, los generales más veteranos, que habían conocido el Desastre del 98 ─militares de la generación de Miguel Primo de Rivera, como José Sanjurjo Sacanell y Gonzalo Queipo de Llano─, ya conspiraban abiertamente contra la II República, mostrándose partidarios de arrebatar el poder a un régimen que, según ellos, parecía incapaz de detener lo que consideraban la ruptura de España. El auge de los separatismos catalán y vasco, sumados a las ansias revolucionarias de las masas de obreros y campesinos muertos de hambre, representaba para ellos una amenaza que se cernía sobre el futuro de España.

Precisamente el general Sanjurjo, antiguo director general de la Guardia Civil bajo la dictadura de Primo de Rivera, había sido el protagonista del fallido levantamiento del Ejército en Sevilla, el 10 de agosto de 1932, y aunque había sido represaliado por aquella intentona, seguía orquestando en la sombra la llamada «solución militar». Para ello se valía de las tramas conspiratorias urdidas en el seno de la Unión Militar Española (UME), una organización clandestina que dirigió hasta su muerte. La UME se fundó en Madrid en diciembre de 1933, a cargo de un grupo de jefes y oficiales descontentos con la Reforma Militar de Manuel Azaña, y que en su mayoría se habían solidarizado con los miembros del Ejército condenados por el fracasado golpe de Estado del general. Esta organización sería la encargada de elaborar listas negras de militares afectos a la República, algunos de los cuales morirían en atentados perpetrados por pistoleros falangistas.

De ahí que la nueva conspiración que condujo al alzamiento del 17 y 18 de julio de 1936, fuera mucho mejor planeada y ejecutada que cualquier otro pronunciamiento anterior. Los golpistas habían aprendido bien la lección de la frustrada «sanjurjada», y tenían claro la existencia de un proletariado bien organizado y motivado, capaz de hacer fracasar cualquier golpe militar recurriendo a la movilización callejera y el arma de la huelga general. Pero ajeno de manera inconsciente al ruido de sables cuartelario, el nuevo Gobierno del Frente Popular, surgido de las urnas en las elecciones del 12 de febrero de 1936, hizo caso omiso a los repetidos informes que le facilitaba su renovado servicio de inteligencia y la Dirección General de Seguridad.

Hoy nos sorprende cómo el Ejecutivo pudo resultar tan cándido, y en especial, el propio presidente de la República Manuel Azaña, y su buen amigo el presidente del Consejo de Ministros Santiago Casares Quiroga, mostrándose incapaces de cortar las cabezas necesarias para conjurar el peligro que ya se cernía sobre ellos. A este respecto, cabe recordar que poco después de tomar posesión de su cargo, Casares Quiroga fue informado personalmente por su ayudante militar, el comandante de aviación Ignacio Hidalgo de Cisneros, de las actividades conspirativas de un grupo de pilotos anti-republicanos, a los que se les había sorprendido haciendo acopio de armas y pertrechos en el aeródromo militar de Cuatro Vientos. Reunido con Azaña, ambos mandatarios decidieron no tomar ninguna represalia y esperar a ver si se confirmaban estas acusaciones.

De todos modos, el perspicaz Hidalgo de Cisneros no se dio por satisfecho, y al poco conseguía que por fin el Gobierno se tomara en serio el tratar de neutralizar a los generales sospechosos de estar tramando una nueva «sanjurjada». Gracias a ello, Franco fue destituido como jefe del Estado Mayor y enviado al archipiélago de Las Canarias; Goded, destinado a las Baleares; y Emilio Mola Vidal, que se sabía mantenía correspondencia con el viejo general Sanjurjo ─exiliado en Portugal─, confinado a la Capitana General de Navarra. Por desgracia, pronto se revelarían lo desafortunadas que resultaron estas medidas, dejando las manos libres precisamente, a Franco, Goded y Mola.

De hecho, este último resultará el personaje decisivo para la sublevación que se preparaba. Y convertido en el famoso «director» de la conspiración, Mola encontró en su nuevo destino el terreno abonado para que fructificaran sus propósitos, al resultar Pamplona el centro del monarquismo carlista y de su milicia armada: el Requeté.

Nacido en Cuba (9 de julio de 1887) un decenio antes de la emancipación de la isla, Mola era hijo de un capitán de la Guardia Civil, casado con una cubana. Tras el Desastre del 98, la familia se trasladó a la Península, pero aquella pérdida del lugar de su infancia y el rencor que le producía, le acompañaría siempre. Y sintiendo la vocación militar, el joven ingresó en 1904 en la Academia de Infantería de Toledo, comenzando así su destacada carrera militar. Participó en la Guerra del Rif, en donde resultó herido, y fue ascendiendo en el escalafón hasta llegar a ocupar la jefatura del Ejército de África, en tiempos de la República, antes de convertirse en el traidor y minucioso planificador de la insurrección militar contra aquel régimen.

Dotado de gran inteligencia, y mucho más cultivado y complejo en su personalidad de lo que fuera Franco, Mola si coincidía con el futuro dictador en su carácter frío y distante, además de resultar un militar con mucha experiencia en los asuntos de Estado, al haber desempeñado un empleo de enorme importancia en el pasado, nada menos que la dirección de la Seguridad del Estado con el dictador Miguel Primo de Rivera. Según sus biógrafos, se trataba de un hombre exaltado en sus creencias, que combinaba su fe católica con su pertenencia a la masonería, y aunque algunos historiadores revisionistas pasan de puntillas por este aspecto de su biografía, hoy sabemos que el general fue miembro de la misma logia a la que pertenecía Sanjurjo, convertido en su mentor, y que gracias a su condición de masón, también pudo relacionarse con otros generales masónicos como Queipo de Llano, Goded o Domingo Batet, quien sería su superior, y al que finalmente mandó fusilar por haberse negado a sumarse al glorioso «Alzamiento Nacional».

Curiosamente, el que hubiera sido el gran rival de Franco, tanto en la conducción de la guerra como posteriormente en la lucha por el poder, de no haber muerto en un accidente aéreo (3 de junio de 1937), tenía una mala opinión del Caudillo, al que llamaba despectivamente «Paquito», y lo consideraba como «un meapilas». En opinión de los historiadores actuales, Mola fue el más inteligente de todos los militares de la Junta Nacional, además de un convencido opositor a la Falange. De ahí las dudas que siempre acompañaran a su muerte. Tampoco sus relaciones con el líder y dirigente carlista Manuel Fal Conde, jefe de la milicia armada del Requeté, estuvieron nunca exentas de fricciones, pues para él los carlistas, no dejaban de ser unos idealistas poco prácticos y nostálgicos. Sin embargo, el militar los supo utilizar, puesto que todos ellos obedecían al viejo general que en principio estaba al mando de la conspiración: el veterano de las guerras de Cuba y África, José Sanjurjo.

Y para completar el póker de ases golpistas en contra del Gobierno del Frente Popular, Mola contó con la inestimable colaboración de su sustituto al frente del Ejército colonial: el teniente coronel Juan Yagüe, otro militar africanista, muy amigo de Franco, que se había distinguido por su cruel represión de la Revolución de Asturias. Ante los insistentes rumores que situaban a este militar en la órbita de los conjurados, o incluso como jefe efectivo de los oficiales sospechosos en Marruecos. Yagüe fue llamado a Madrid, e Hidalgo de Cisneros insistió a Casares Quiroga para que lo retuviera en la Península, ofreciéndole un destino apetecible, o mejor una agregaduría militar en el extranjero bien remunerada. Yagüe fue recibido por el presidente del Consejo de Ministros el 12 de junio de 1936, y a lo largo de su encuentro, le manifestó a este que prefería «quemar su uniforme, antes que no poder servir más en la Legión». Tras su larga entrevista, el cándido Casares Quiroga le comentó a Cisneros: «Que Yagüe le había parecido un caballero y un perfecto militar…, del que tenía la seguridad que jamás traicionaría a la República».

¡Qué poco imaginaba aquel enfermizo presidente (padecía de tuberculosis), que el genocida Yagüe pasaría a la historia como «el carnicero de Badajoz»!

Pero este no sería su único error. Tres días después de verse con Yagüe, Casares Quiroga recibió una llamada del gobernador civil de Navarra, informándole que tenía constancia de una reunión secreta que estaba celebrándose en el monasterio de Irache, en donde el general Mola había citado por su cuenta a los comandantes de las guarniciones de Pamplona, Logroño, Vitoria y San Sebastián. El gobernador había tomado la precaución de rodear el Monasterio con los guardias civiles procedentes de la cercana población de Estella, y llamaba al presidente para solicitar instrucciones. Indignado con su proceder, Casares Quiroga le ordenó que retirara a la Benemérita de inmediato: «Puesto que el general Mola era un leal republicano, que merecía el respeto de las autoridades».

Hoy nos resulta inexplicable la candidez de la que hacía gala el gallego y gran amigo de Azaña. Quizá si hubiera podido leer las primeras instrucciones secretas del general Mola, que este había emitido a comienzos del pasado mes de abril para todos los conjurados, hubiera comprendido lo poco que conocía a la casta militar, y lo escasamente preparado que estaba para asumir la presidencia del Gobierno.

Transcritas de forma literal, las instrucciones de Mola decían lo siguiente: «Se tendrá en cuenta que la acción ha de ser en extremo violenta, para reducir lo antes posible al enemigo, que es fuerte y bien organizado. Desde luego, serán encarcelados todos los directivos de los partidos políticos, sociedades o sindicatos no afectos al Movimiento, aplicándose castigos ejemplares a dichos individuos, para estrangular los movimientos de rebeldía o huelgas».

Y por si no hubiera quedado claro su manifiesta intención genocida, en su definitiva proclamación del estado de guerra (Pamplona, 19 de julio) escribía: «El restablecimiento del principio de autoridad exige inexcusablemente que los castigos sean ejemplares, por la seriedad con que se impondrán y la rapidez con que se llevarán a cabo, sin titubeos ni vacilaciones»… Y en un comunicado dirigido a los alcaldes de la región de Navarra, en fecha posterior, remacha: «Hay que sembrar el terror… hay que dar la sensación de dominio, eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensen como nosotros. Nada de cobardías. Si vacilamos un momento y no procedemos con la máxima energía, no ganamos la partida. Todo aquel que ampare u oculte un sujeto comunista o del Frente Popular, será pasado por las armas».

Para entonces, Franco ya formaba parte de la rebelión, habiéndose situado al mando del Ejército de África, con el que poco después pasaría a la Península, burlando la vigilancia del Estrecho gracias a los aviones de transporte enviados por Hitler y Mussolini. Por cierto que, el primer sorprendido de su decisión, fue el propio general Sanjurjo, quién ya le había bautizado al gallego con el alias irónico de: «Miss Islas Canarias 1936», a causa de sus vacilaciones y evasivas respecto a participar y comprometerse en el golpe militar. Hartos los conjurados de su actitud displicente ─Franco dejaba pasar el tiempo mejorando su estilo de golf y haciendo frustrados intentos de aprender inglés─, el viejo general le había asegurado a Mola: «que el alzamiento seguiría adelante con o sin Franquito».

Qué poco imaginaba Sanjurjo que el pequeño avión que le fue a buscar a su exilio de Estoril ─un frágil Puss Moth biplaza─, enviado por Mola para traerle a la zona rebelde y pilotado por el «as del aire» y playboy monárquico Juan Antonio Ansaldo, se estrellaría nada más despegar de un hipódromo en desuso llamado A Marinha, cerca de Cascais, posiblemente debido al exceso de peso que suponía el orondo militar más su abultado equipaje. Era la tarde del 19 de julio de 1936, cuando el cadáver del general Sanjurjo ardía envuelto en llamas.

Contra todo pronóstico, aquel escurridizo «Franquito» ya tenía un obstáculo menos para hacerse con todo su malsano poder. E ironías de la Historia, unos meses después Mola correría la misma suerte que su mentor...

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